HISTORIA DE VIDA: GENTE DE FRONTERA

Por Gustavo Tunesi


Algo apichonado por el viento y la lluvia me encuentro, recién llegado a Las Pampas, de andar por Apeleg, y encendiendo el fuego de la vieja y destartalada estilart, amiga que me abrigará esta noche. Allí suena la puerta y aparece Fermín, con la característica hospitalidad pampeana, para ver “como estoy”. Sana virtud, la de los Solís de aquí, la de preguntar al visitante cómo se encuentra, si llegó bien, si tiene frío, cómo está. En mi cambiante ánimo, la hosquedad se hace a un lado y da paso al diálogo fraternal, a esas palabras pausadas de por aquí, al escuchar, esperar y luego hablar.

Fermín me invita a su casa, a lo que accedo, porque total, en realidad, pensaba ir. Allí Rosa me recibe. Tras las preguntas de rigor sobre el tiempo y la familia, y exhibiéndome una apetecible fuente de ravioles con cordero, amablemente me pide los acompañe a la cena. Qué extraño es el espíritu de uno, que por un momento lamenté no estar solo en aquella casita junto a la estilart, divagando vaya uno a saber en qué, junto a una botella de vino tinto que había llegado conmigo al pueblo, y una vergonzosa caja de paty que en nada podía competir con el menú ofrecido al visitante.

Fermín y Rosa son mis amigos de años ya, habitantes de Las Pampas, o de la Comuna de Viglione, como gustan de llamarla últimamente. Junto a la mesa, y en compañía de dos gatos que recibieron no pocos elogios por su reciente combate ganado a la proliferación de ratones acaecida en el último invierno por la floración de la caña colihue, me preparo a degustar lo cocinado por Fermín, y un corcho, con seco sonido, queda abrazado al espiral, y es hecho a un lado sobre el mantel. Hay vino.

Ambos, con risueñas miradas, y ante mi expectante oído, me cuentan sobre el lugar, sobre el pueblo que es… que alguna vez no fue.

“Nosotros fuimos 10 hermanos”, me contó Fermín; “y todos de chicos teníamos para colaborar en la casa, para poder comer, a ordeñar las vacas, a juntar las papas... cuando estábamos del otro lado del río, en el campo. Aquí en la Aldea no había nada, solo la escuela, hecha con palos anudados, donde estaba el maestro. Había que andar para llegar a la escuela, mucho, y salir temprano de la casa, a caballo… Llegar, hacer unas cuentas, unas letras, y salir de vuelta para la casa, para ayudar y llegar antes de la noche… Andábamos a caballo, todo el día; mi padre tenía muchos caballos, teníamos para elegir. Poco aprendí de la escuela la verdad, más del campo.”

Aldea Las Pampas es una población de unas 200 personas, a 25 kilómetros al sudoeste de Río Pico, en cordillera chubutana. Unos dos o tres kilómetros de la frontera con Chile. Hoy en día con unos 300 o 400 metros de calles empedradas, señal de celular e Internet wifi, este pueblo le da paso prudentemente al progreso y a algunos adelantos, no sin refugiarse en su historia de paraje al margen del tiempo.

“Me acuerdo cuando trajeron el primer policía acá. De policía no tenía nada. Era hacendoso para el trabajo”, me dice Rosa, tras servirme un segundo plato de ravioles. “No sé qué tenía adentro, pero en las peores nevadas, esas de 15 o 20 grados bajo cero, en la pura musculosa andaba, era como que no existiera el frío para él.”

Rosa también es nacida y criada en la zona, en las cercanías de Lago 3, a unas leguas de lo que es hoy el centro de Aldea Las Pampas. “Y sí que ha cambiado esto a hoy, Gustavo…”, dice Rosa. “Me acuerdo en el ‘82 o el ‘83, cuando por vez primera llegó un gobernador acá, y por sorpresa, a la escuela, Don Viglione, y nos trajo el primer BLU, y desde acá habló con Alfonsín, no lo podíamos creer”, me comenta ella, sobre un momento trascendente de Las Pampas, al llegar la comunicación; y luego llegó el agua potable y la luz, “porque esto era al puro farol y agua del río nomás… Me acuerdo de un invierno bravo de aquel entonces, no podíamos ni ir al río de a pie, por la nieve, solo a caballo nomás, para estar alto. Al llegar al río con la pala y dale que dale nomás, para romper el hielo, y sacar el agua,…., y con 3 damajuanas de esas de 10 litros donde venía el vino, a llenarla de agua, una a cada lado del caballo y otra adelante, rápido para la casa, para el calor de la leña”.

Fermín y Rosa atienden un mercado en el centro de la Aldea, a su vez, todos los días, si se puede, él a caballo atiende su hacienda vacuna y de ovejas camino a Lago 5, tras ladear bosques de ñire y maitenes que se extienden sin acabar parece que nunca, en este paradisíaco lugar en el mundo.

“Mi primera casa acá en la Aldea me la traje hecha del pueblo abandonado en Lago Vintter”, me cuenta Fermín. “Ahí estaba el aserradero al cual con mi padre llevábamos carne para vender, mas de 300 personas vivían allí. Había una escuela, un mercado, médico, plaza, hasta un boliche había”, me dice él, para mi sorpresa. “Era de uno de Buenos Aires el que hizo el aserradero y llevó un montón de gente a trabajar y a vivir, hasta una médica rusa llevó, que venía de la guerra y se puso a curar allá en el Vintter. Le faltaban las dos piernas, tenía ortopédicas, por eso no tuvo hijos esa médica rusa, o por miedo a la guerra, no sé…”, recordaba Fermín, y me miraba sin quitar su vista de la mía, y yo tampoco de la suya. Allí me di cuenta de que estaba compartiendo la mesa con dos pioneros de frontera y mi hosquedad se esfumó por completo, disfruté, y a la vez pensé que la estilart me estaría reclamando más palos pero no me importó, solo recibiría algo de frío al dormir, pero no más. Fermín prosiguió: “El aserradero duró hasta que el dueño se pegó un tiro en un baño de un boliche en Gobernador Costa, había perdido en el juego toda la paga del personal, y no lo soportó… y se fueron todos del Lago Vintter, y las puras casas quedaron, a la venta, y una me compré, la desarmé y la armé de vuelta en Las Pampas”.

Reflexiono por un momento, y se me ocurre pensar sobre los caprichos del destino. Aquí a orillas del río Pampa, en esta incipiente y tranquila Aldea de pobladores rurales, de Rosa y Fermín y algunos otros. El pueblo que es. Allá en el Vintter, Lago Vintter, y el pueblo que fue, y que pudo haber sido pero ya fue, a orillas de aquel inmenso lago glaciario, donde cuando raras veces el viento se ausenta, el silencio te abruma, te asusta. Tal vez el silencio que le sigue a una bala en un baño de un boliche, o el silencio que le sigue a la guerra, a las piernas que no están, al hijo no engendrado.

Luego ambos me cuentan cómo se abrió el camino desde Río Pico hasta aquí, a fuerza de carreros y el ejército. Todo el que tenía carro y buey ponía su fuerza de empuje, para traer los materiales para la nueva escuela y el hospital.

Cuatro hijos trajeron al mundo Rosa y Fermín: el Daniel, el Luisito, la Carolina y la Lucía. “Buenos para el fulbo fueron el Daniel y el Luisito, de Costa los venían a buscar hasta acá, para que jueguen en el clú…” Hoy algunos hijos siguen en la Aldea, a fuerza de nietos que gustan del campo, y también de la play.

Al terminar el tercer vaso de vino miro el reloj, y ambas agujas están a punto de juntarse a mirar para el norte, ya casi medianoche. Las ojeras de Fermín denuncian que no es habitual para él estar despierto a esta hora, a pesar de estar contento, y me despido de ambos. Con respetuoso saludo, palabras pausadas, como se usa aquí. Mañana, las puras cuentas me esperan frente a una PC en la Comuna, los tiempos han cambiado aquí también en la Aldea, y la estilart se me apagó.

 

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