INDEPENDENCIA

Celebrar rutinariamente nuestra Independencia no debería ser un ejercicio practicado una vez al año, por mandato obligado de las efemérides. Los ciudadanos en general, y más aún a los que se nos ha privilegiado con un mandato popular tenemos el compromiso y, más aún,  la obligación moral de responder cotidianamente con nuestros actos con aquella demanda de la historia.

 


El imperativo de la hora, es aquella vieja e inconclusa lucha del interior productivo frente al puerto administrador de todos los bienes y riquezas que ofrece el país. Así como hace dos siglos morenistas y saavedristas –con diferentes urgencias y ansiedades—coincidían en que merecíamos dejar de ser colonia.
Debiera resonar aún bien fuerte en nuestros oídos –los de todos los argentinos—aquella ferviente sentencia del tucumano Monteagudo, cuando desde la Sociedad Patriótica pregonaba: “…-Sería un insulto a la dignidad del pueblo americanos, el tener que probar que debemos ser independientes; éste es un principio sancionado por la Naturaleza…”
Con el mismo afán, con similar templanza, los representantes del Interior tenemos el desafío de seguir construyendo el lado más endeble de nuestra proclamada Independencia. Y éste es el de fortalecer nuestras fronteras favoreciendo progresivamente a la producción y el desarrollo desde la periferia de la patria, hacia sus históricos urbes logísticas.
Si hasta el considerado el padre del Liberalismo argentino, Juan Bautista Alberdi, reconoció en sus Bases que “gobernar, es poblar”. Y poblar, es gradualmente favorecer a los puertos más lejanos e incipientes con herramientas para su desarrollo. Porque poblar, es desarrollar.


Hoy, y de cara al futuro, los argentinos estaremos más cerca de cristalizar una independencia vigorosa ante los restantes pueblos del mundo, si promovemos  –puertas adentro-- el progreso de todas aquellas economías regionales de las que extraemos y exportamos materias primas sin agregarle valor in situ.
Demoliendo el repetido esquema centralista del colonialismo, que nos hace ser dos veces dependientes: del provecho extranjero sobre nuestros bienes brutos, y del lamentable e injusto esquema de mendicidad al que sometemos a las zonas con mayores recursos naturales de nuestro territorio.
Como representante en la cámara alta del pueblo del Chubut me siento exigido –motu proprio—a traspolar en cada iniciativa que me toque impulsar, el más cabal sentido de equidad federal en los dones que el Estado debe prodigar a los habitantes de su Interior más profundo. Cada día de labor legislativa. En cada momento en que –fuera del recinto—me vea cavilando sobre la gravedad de las responsabilidades con que se me ha honrado.
No de otra manera puede entenderse en pleno tercer milenio, un concepto pleno de independencia.

 

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